domingo, 7 de junio de 2009

En esta semana que concluyó, la salud no fue una de mis estabilidades. La gripa me obligó a estar en cama por las tardes en las que necesitaba investigar. Al no poder salir, me investigué a mí. Descubrí que las pesadillas que tengo cuando me quedo dormida y con fiebre, son una mezcla entre fauvismo y abstraccionismo. Quizá esa sea una razón más por la cual no me gusta ese segundo movimiento. Veo constantes circulos que cuelgan de un techo inalcanzable, se mecen de izquierda a derecha, vuelven, no dejan su baile pendular. Son de colores complementarios, infinitamente azul, naranja, azul, naranja, azul...Me persiguen y ni siquiera puedo saberme huyendo. Sin embargo, luego cambia la escena y ante mí se aparece una gran pared, sus ladrillos son muy cuadrados, si no fuera por esa constante figura, podría jurar que son piezas perdidas de un teatris. No me dicen nada, sólo se iluminan, luces intermitentes, decembrinas y hostigosas. El piso, que me parecía una alfombra espacial, se fracciona para volverse triángulos. Debo saltar de uno al otro hasta que consiga resbalar, dirigirme a la ausencia de color. La razón es muy simple: ir en sentido contrario, como nunca, como siempre. Sumergirme en la velocidad que se torna inexistente, igual que todo...¿Y qué es todo, si ni siquiera puedo definir algo?

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